El Festival de Moda Sostenible en el Mercado de Pulgas reunió a diseñadores, emprendedores y público en una jornada donde la creatividad y la conciencia ambiental se encontraron cara a cara.
El sábado 6 de septiembre, el Playón del Mercado de Pulgas dejó de ser un simple espacio de feria para transformarse en un gran escenario de moda consciente. Desde temprano, el movimiento era evidente: diseñadores, emprendedores, curiosos y vecinos del barrio se cruzaban en un clima que mezclaba música, aroma a café y propuestas estéticas que iban mucho más allá de lo decorativo.
Había algo distinto en el aire. No se trataba solo de mostrar ropa, sino de compartir una idea: que la moda puede ser más humana, más cercana y más coherente con el tiempo que vivimos. Entre los puestos, las telas colgaban como banderas, las perchas estaban hechas con materiales reciclados y los maniquíes vestían prendas creadas con historias detrás.
Más de cincuenta marcas y proyectos independientes presentaron colecciones y accesorios bajo un mismo hilo conductor: la sostenibilidad. Desde indumentaria hecha con textiles reciclados hasta joyería artesanal producida con materiales recuperados, todo parecía responder a una misma pregunta: ¿cómo queremos vestirnos en el futuro? Cada stand contaba una historia distinta, pero todos compartían la misma premisa: demostrar que se puede crear belleza sin dejar de lado la responsabilidad ambiental y social.

“Ya no se trata solo de diseño, sino de proceso”, explicaba Camila, diseñadora de una marca que trabaja con descarte textil. “La gente pregunta de dónde viene la tela, quién la hizo, qué pasa después. Eso antes no pasaba, y hoy es parte de la conversación”.
El festival no se limitó a la venta de productos. A lo largo del día, distintos talleres abiertos al público invitaron a experimentar con la personalización de prendas, el bordado, el reciclaje textil y hasta el diseño de estampas propias. Entre mesas y materiales, se veía a grupos de jóvenes probando técnicas de teñido natural o aprendiendo a reparar ropa. En paralelo, se organizaron charlas sobre microtendencias digitales y nuevas formas de consumo responsable, moderadas por periodistas y referentes del sector.
La idea no era solo mostrar, sino también generar reflexión. Qué significa vestirnos de manera consciente, qué rol juegan las redes sociales en la construcción de estéticas y cómo podemos incorporar pequeños cambios en la vida cotidiana. Cada intervención parecía recordar que la moda también puede ser una herramienta educativa, un espacio para repensar nuestros hábitos sin perder el placer de vestirnos.
Lo más interesante fue cómo la propuesta combinó lo urbano con lo cotidiano. A diferencia de un desfile tradicional, donde la moda se mira desde la distancia, acá todo pasaba en un mismo plano: la gente tocaba las prendas, conversaba con los diseñadores, sacaba fotos, probaba accesorios o simplemente se quedaba observando los colores y texturas. El ritual de elegir un outfit, tomar un café mientras recorrías los puestos o escuchar música en vivo se volvía parte de la experiencia estética.
En uno de los extremos del playón, una banda tocaba versiones acústicas de canciones conocidas, y ese sonido acompañaba la circulación como una banda sonora improvisada. Niños corriendo entre los puestos, adultos charlando con los creadores, fotógrafos retratando detalles de los materiales: todo formaba parte de una misma escena, orgánica y viva.

“Me gusta venir porque acá la moda no se siente lejana”, decía Lucía, estudiante de diseño. “Podés hablar con quien hizo la prenda, entender el proceso y hasta probar vos misma cómo se recicla algo. No hay distancia entre el público y los creadores, eso lo cambia todo”.
La sostenibilidad, entonces, no aparecía como un concepto abstracto ni como un lujo inalcanzable. Estaba en las pequeñas acciones: reutilizar, reparar, elegir con criterio, valorar el trabajo artesanal. Cada compra parecía tener otro peso, otra intención. El festival mostró que la moda puede ser cercana y comunitaria, sin perder creatividad ni identidad.
A medida que caía la tarde, el ambiente se volvía más cálido. Las luces colgantes iluminaban los puestos, la música bajaba su ritmo y los visitantes seguían recorriendo sin apuro. Algunos se iban con bolsas en la mano, otros simplemente con ideas nuevas. El aire tenía ese murmullo de los lugares donde se siente que algo está cambiando.
Cuando el sol se escondió detrás de los edificios de Colegiales, quedó claro que la moda sostenible ya no es solo una tendencia: es un movimiento cultural, una nueva forma de habitar la ciudad. Una manera de expresarnos y de construir estilo a partir de elecciones conscientes.
Esa tarde, en Buenos Aires, la moda no estuvo en las pasarelas. Estuvo en la calle, entre la gente, convertida en una experiencia compartida, tejida entre gestos, texturas y conversaciones. Y quizás ahí en ese encuentro entre la estética y la vida real, esté naciendo el futuro de cómo elegimos vestirnos.




